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La crisis de Facebook

– Es horrible esto. Prométeme que no me dejarás hacerlo de nuevo.

– Sabes que no lo cumpliré.

– Creo que soy tan adulto ya. Porque ser adulto significa sentirte cada vez más pequeño, insignificante e impotente, ¿no?

– Algo así. Es humillante, cansado y caro.

– El sexo, el alcohol y los zapatos no lo valen, ya lo dijo Meredith Grey.

– Lo peor es que podíamos tener todo eso sin crecer.

– ¡Pendejos!



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Propósito

Querida junta de admisiones de la maestría X en XX:

Ojalá pudiera decir que no estoy acostumbrado a escribir sobre mí, pero, honestamente, es lo que mejor sé hacer. Soy el cliché de mi generación y puedo redactar tweets, ensayos, cartas y blogs enteros sobre mi vida; el problema es que no estoy acostumbrado a hacerlo de manera positiva. Soy un maestro en señalar mis fallas, burlarme de mis miedos, caricaturizar mis defectos y, de vez en cuando, desnudar lo peor de mí conmovedora y reflexivamente. ¿Pero hablar de mis mejores cualidades? ¿Presumir mis logros? ¿Enunciar las habilidades que, supongo, me hacen digno de una matrícula en su institución? ¡Qué vergüenza! ¡Cuánto engorro!

Tal vez sea un asunto cultural –en mi rancho se practica la falsa modestia sobre todas las cosas– pero me parece que este ejercicio es más que inútil; empiezo a imaginar, incluso que este statement es algo parecido a una pregunta capciosa. Porque aunque yo fuera capaz de hacer una lista clara y elocuente de todas mis virtudes –o de aquellas que yo creo ustedes están buscando–, ¿cómo podrían saber ustedes si estoy diciendo la verdad?

¿Seré de verdad un líder nato con determinación, perseverancia y habilidades para trabajar en equipo cuyo único defecto es, convenientemente, ser demasiado perfeccionista a veces? ¿Realmente he aprendido todas esas valiosísimas lecciones con mi experiencia laboral y académica? ¿Cumpliré de verdad con el proyecto de vida que presenté en no más de dos párrafos? Las palabras son maleables y tramposas, ¿por qué habrían de confiar en ellas?

¡No deberían! No se puede confiar en alguien que practique el auto–elogio descaradamente; semejante sujeto no sólo tiene pésima etiqueta, es además un sociópata en potencia. Y en el fondo creo que ustedes, majestades intelectuales, lo saben mejor que nadie y utilizan estas cartas para separar a los candidatos normales de los próximos dictadores y asesinos seriales. He decidido no caer en su trampa, no seguir sus juegos y no responder a sus preguntas idiotas.

¿Por qué deberían aceptarme en su prestigioso programa? ¡Ustedes díganme! Ya he mandado currículos, recomendaciones, portafolios y una aplicación interminable donde casi preguntan la frecuencia de mis evacuaciones; si con toda esa información no son capaces de decidir si soy digno de comer mal, no dormir y ser llamado idiota por sus profesores los siguientes dos años, empiezo a dudar de su superioridad intelectual.

Eso sí, me gusta que la gente tome decisiones informadas y, ya que ustedes no pensaron en preguntarlo (y todavía me faltan 600 palabras para cumplir con sus requisitos), me gustaría hacer una lista de razones por las que no deberían aceptarme en su maestría. Considero que este ejercicio podría tener mucho más provecho para su proceso de elección:

  1. Me cuesta trabajo terminar lo que inicio. Por ejemplo, llevo un año y tres meses completando esta aplicación.
  2. Soy controlador, aprehensivo y disfruto ordenar la vida de los demás, pero hace tres semanas que no limpio mi recámara. ¡Y no hablemos de las lavadoras que debo meter!
  3. Ronco y me muerdo las uñas.
  4. Alguna vez compré un cactus. Se secó porque no lo regué lo suficiente.
  5. Tengo 25 años, estoy desempleado y mi cuenta de cheques tiene $3,372.28; menos de lo necesario para pagar la renta del mes que viene.
  6. Pago mi factura del celular hasta que me suspenden el servicio.
  7. Estoy en contra del deporte y cualquier forma de ejercicio. No me siento bien ni antes, ni durante, ni después de hacerlo y aquel argumento de las endorfinas me parece una mentira inventada por los escritores de Legalmente Rubia.
  8. He visto Legalmente Rubia. Seis veces.
  9. No puedo comer sin mancharme la ropa.
  10. Me río cada que alguien dice “c’est la même chose”.
  11. Me pongo la misma ropa dos días seguidos si pienso que no veré a las mismas personas. Siempre termino viendo a las mismas personas.
  12. Creo que una aspirina y una cucharada de mantequilla de maní hacen un desayuno sano y balanceado.
  13. Tengo bloqueos emocionales y sólo puedo llorar cuando veo el final de Dawson’s Creek.
  14. No creo en la Academia, estoy en contra de la educación estandarizada y sólo quiero estudiar una maestría para subir en los tabuladores de sueldos, como la mitad de sus aspirantes.
  15. La otra mitad, por cierto, estudia en busca de la validación familiar que nunca tuvieron de niños o para cubrir sus deficiencias emocionales con metas y logros. Esto no es una razón para no admitirme, pero necesitaba decirlo.
  16. Veo reality shows. Todos. De hecho, esta carta se vio interrumpida hoy por un maratón de la primera temporada de The Real Housewives of New Jersey.
  17. Nunca terminé de leer Crimen y castigo.
  18. Tampoco he leído a la mayoría de los autores que cité en la propuesta de tesis de mi aplicación.
  19. No tengo la más mínima intención de seguir la propuesta de tesis de mi aplicación, sólo pensé que me serviría para dar una buena impresión.
  20. La mayoría de sus candidatos han planeado sus vidas a corto, mediano y largo plazo; todos ellos podrán hacer una lista de sus metas y sus planes, paso a paso, para cumplirlas. Yo tardo una hora en decidir qué ordenar para comer y casi siempre me arrepiento.
  21. Todas estas razones sonaban más inteligentes y divertidas en mi cabeza.
  22. Olvidé el resto de la lista y aún me faltan 140 palabras para cumplir con sus requisitos.

XOXO
B.

P.D. Si la preguntas de esta carta no son capciosas y de verdad quieren saber cuáles son mis éxitos y habilidades, ignoren este documento y lean en su lugar el otro archivo que adjunto en este apartado.

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Blue Bayou

Se trata de no buscar culpables, de resignarse, de construir con lo que nunca será. Se trata de levantarte temprano y lavarte la cara sin preguntar por qué; de desayunar avena frente a la ventana sin añorar, sin suspirar.

Se trata de inscribirte a un gimnasio, contar calorías, poner metas a corto, mediano y largo plazo, apegarte a esas metas y rogar para que el destino no decida burlarse de ellas mañana. Se trata de sonreírle a la puta de la rutina, de darle los buenos días a las derrotas y atender con disposición a las decepciones. Se trata de ahogar las ganas de huir con pendientes y listas y agendas, de domesticar tus peores instintos, de seguir el manual y no salirte del protocolo.

Sobre todo, se trata de tener miedo: siempre tener miedo.

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Antes

Somos el recordatorio de sus fallas, de sus frustraciones, de su mortalidad. Cargamos sus cruces y nos reprochan el sacrificio: la culpa se expía practicando exorcismos. Un Padre Nuestro, diez Ave Marías y una plegaria muda por los años perdidos.  
Hablan de egoísmo y vanidad mientras sus lenguas caen al piso; hace mucho que sus guerras quedaron igual de vacías que sus palabras. Nos tienen miedo aunque no deberían. No entienden de espirales.

 
 
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Las Ausencias / Such Great Heights

But everything looks perfect from far away
“Come down now”, but we’ll stay
The Postal Service, Such Great Heights
En los últimos años van tres celulares, un iPod, cuatro sudaderas, dos chaquetas, una cartera, un juego de llaves, ocho CD’s, seis DVD’s, una licencia de conducir, una cantidad obscena de billetes y, por lo menos, una docena de libros.
Por razones prácticas no cuento los extravíos, todo aquello que creí haber perdido y encontré poco después en lugares nada esperados – como las llaves que siempre están en la bolsa de mi pantalón -. No cuento lo robado, de lo contrario, tendría que añadir otro iPod, un estéreo de auto, una laptop y una loción que guardaba sin abrir en mi baño y fue retirada de su caja y reemplazada por un desodorante. Tampoco cuento lo esperado; uno debe aprender a lidiar con pérdidas comunes, como los calcetines, de ellos me despido cada que entran a la lavadora sabiendo que más de uno desaparecerá mágicamente.
Sólo cuento lo definitivo, lo que tengo la certeza de no volver a ver, lo que importa, lo que me hace sentir pendejo. Y no debería contar nada. Después de todo, me dicen que perder es parte de crecer.
Resulta que hay toda una industria mística alrededor de las pérdidas; un corporativo internacional que vende mantras flexibles y reconfortantes para minimizar las faltas. Se venden frases para el holístico, que cree estar completo, ser uno con el universo y repetirá ad nauseam “a alguien más le servirá, yo tengo todo lo que necesito”. También hay para el pesimista precavido, que cree que tanto olvido es una manera subconsciente de prepararse para una pérdida mayor; algo relevante, algo doloroso que (ya no) lo agarrará por sorpresa. Y nadie puede olvidar el patético, que decide consolarse con la promesa divina, el cielo de los perdedores: “todo se me regresará multiplicado por tres”. Tenemos algo para todos. Tanatología contemporánea, siempre al servicio de nuestros berrinches.
La idea es encontrar sentido en la ausencia. Ya que pase lo amargo, nuestra derrota debe dejar un toque de justicia o balance en el paladar. (Unpoquitodeazúcartodapurgaendulzará.) La pérdida es lo de menos. En proporciones épicas, aquello que no regresará es uno de muchos obstáculos a superar para llegar a nuestro destino; el pasado importa poco pues siempre podremos ser mejores: más ricos, más guapos, más amados. El camino a la gloria está lleno de espinas y lo que no te mata te hace más fuerte. O algo por el estilo.
Pero el peso de la derrota está en su contundencia. La belleza de perder radica en lo definitivo. Aquí, ahora, tienes nada. El pasado se arrastra porque el futuro es irrelevante frente a la ausencia. Al negar la falta y huir del dolor corremos el riesgo de quedar más vacíos; no hay consuelo en la pérdida (y no hay que buscarlo), pero quizás haya un par de lecciones para quien se permita sufrirla por completo, sin pudor.
Pero eso tampoco debe servir como consuelo. Uno crece y se acostumbra a vivir con sus ausencias. Algún astuto aprenderá incluso a construir alrededor de lo que falta. Un buen arquitecto sabe esconder sus huecos, más nunca desaparecerlos. Siempre hay un punto débil, una palabra, una imagen que desata los recuerdos. Y entonces nos inundamos.
El problema es que la falta nunca faltará. Aunque no lo queramos, nuestras ausencias siempre estarán dispuestas a hacernos compañía. Las pérdidas nunca se superan del todo; la única solución para no sufrirlas es no tener nada y no desear nada para nunca perder nada. Y nunca inundarse. Claro, el que renuncia de un principio a todo está tan vacío como cualquiera de nosotros, los perdedores. La ventaja es que él no extraña y nosotros seguimos contando.
Van también seis familiares – aunque sólo uno cercano -, un par de amigos y probablemente tres amores. También hay un puñado de enamoramientos y decenas de antiguos extraños que en realidad no importan. Es que, en el fondo, ninguno debería importar.
 
Día 30: Una canción que escuchabas hace un año

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SMS

Tu astucia es divina para los que guardan distancia. ¿Pero cuál es la gloria de inventarte miope en un mundo de ciegos?
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