Antes

Somos el recordatorio de sus fallas, de sus frustraciones, de su mortalidad. Cargamos sus cruces y nos reprochan el sacrificio: la culpa se expía practicando exorcismos. Un Padre Nuestro, diez Ave Marías y una plegaria muda por los años perdidos.  
Hablan de egoísmo y vanidad mientras sus lenguas caen al piso; hace mucho que sus guerras quedaron igual de vacías que sus palabras. Nos tienen miedo aunque no deberían. No entienden de espirales.

 
 
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Las Ausencias / Such Great Heights

But everything looks perfect from far away
“Come down now”, but we’ll stay
The Postal Service, Such Great Heights
En los últimos años van tres celulares, un iPod, cuatro sudaderas, dos chaquetas, una cartera, un juego de llaves, ocho CD’s, seis DVD’s, una licencia de conducir, una cantidad obscena de billetes y, por lo menos, una docena de libros.
Por razones prácticas no cuento los extravíos, todo aquello que creí haber perdido y encontré poco después en lugares nada esperados – como las llaves que siempre están en la bolsa de mi pantalón -. No cuento lo robado, de lo contrario, tendría que añadir otro iPod, un estéreo de auto, una laptop y una loción que guardaba sin abrir en mi baño y fue retirada de su caja y reemplazada por un desodorante. Tampoco cuento lo esperado; uno debe aprender a lidiar con pérdidas comunes, como los calcetines, de ellos me despido cada que entran a la lavadora sabiendo que más de uno desaparecerá mágicamente.
Sólo cuento lo definitivo, lo que tengo la certeza de no volver a ver, lo que importa, lo que me hace sentir pendejo. Y no debería contar nada. Después de todo, me dicen que perder es parte de crecer.
Resulta que hay toda una industria mística alrededor de las pérdidas; un corporativo internacional que vende mantras flexibles y reconfortantes para minimizar las faltas. Se venden frases para el holístico, que cree estar completo, ser uno con el universo y repetirá ad nauseam “a alguien más le servirá, yo tengo todo lo que necesito”. También hay para el pesimista precavido, que cree que tanto olvido es una manera subconsciente de prepararse para una pérdida mayor; algo relevante, algo doloroso que (ya no) lo agarrará por sorpresa. Y nadie puede olvidar el patético, que decide consolarse con la promesa divina, el cielo de los perdedores: “todo se me regresará multiplicado por tres”. Tenemos algo para todos. Tanatología contemporánea, siempre al servicio de nuestros berrinches.
La idea es encontrar sentido en la ausencia. Ya que pase lo amargo, nuestra derrota debe dejar un toque de justicia o balance en el paladar. (Unpoquitodeazúcartodapurgaendulzará.) La pérdida es lo de menos. En proporciones épicas, aquello que no regresará es uno de muchos obstáculos a superar para llegar a nuestro destino; el pasado importa poco pues siempre podremos ser mejores: más ricos, más guapos, más amados. El camino a la gloria está lleno de espinas y lo que no te mata te hace más fuerte. O algo por el estilo.
Pero el peso de la derrota está en su contundencia. La belleza de perder radica en lo definitivo. Aquí, ahora, tienes nada. El pasado se arrastra porque el futuro es irrelevante frente a la ausencia. Al negar la falta y huir del dolor corremos el riesgo de quedar más vacíos; no hay consuelo en la pérdida (y no hay que buscarlo), pero quizás haya un par de lecciones para quien se permita sufrirla por completo, sin pudor.
Pero eso tampoco debe servir como consuelo. Uno crece y se acostumbra a vivir con sus ausencias. Algún astuto aprenderá incluso a construir alrededor de lo que falta. Un buen arquitecto sabe esconder sus huecos, más nunca desaparecerlos. Siempre hay un punto débil, una palabra, una imagen que desata los recuerdos. Y entonces nos inundamos.
El problema es que la falta nunca faltará. Aunque no lo queramos, nuestras ausencias siempre estarán dispuestas a hacernos compañía. Las pérdidas nunca se superan del todo; la única solución para no sufrirlas es no tener nada y no desear nada para nunca perder nada. Y nunca inundarse. Claro, el que renuncia de un principio a todo está tan vacío como cualquiera de nosotros, los perdedores. La ventaja es que él no extraña y nosotros seguimos contando.
Van también seis familiares – aunque sólo uno cercano -, un par de amigos y probablemente tres amores. También hay un puñado de enamoramientos y decenas de antiguos extraños que en realidad no importan. Es que, en el fondo, ninguno debería importar.
 
Día 30: Una canción que escuchabas hace un año

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SMS

Tu astucia es divina para los que guardan distancia. ¿Pero cuál es la gloria de inventarte miope en un mundo de ciegos?
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Entregas

 
– María- dijo entonces al escuchar de nuevo los pasos de la empleada. Y cuando ésta se acercó, le dijo temeraria y desafiante-: ¿Podrías pasar por la casa de la señora Carlota y dejarle estas rosas? Diga así: “Señora Carlota, la señora Laura se las manda”. Solamente eso: “Señora Carlota….”.

 

 
– Sí, sí…- dijo la sirvienta, paciente. Laura fue a buscar una vieja hoja de papel de china. Después sacó con cuidado las rosas del florero, tan lindas y tranquilas, con las delicadas y mortales espinas. Y al mismo tiempo se libraría de ellas. Y podía vestirse y continuar su día. Cuando reunió las rositas húmedas en un ramo, alejó la mano que las sostenía, las miró a distancia torciendo la cabeza y entrecerrando los ojos para un juicio imparcial y severo.
 
Y, cuando las miró, vio las rosas.
 
Y entonces, irreprimible, suave, ella insinuó para sí: no lleves las flores, son muy lindas.
 
Un segundo después, muy suave todavía, el pensamiento fue levemente más intenso, casi tentador: no las regales, son tuyas. Laura se asustó un poco: porque las cosas nunca eran suyas.
 
Clarice Lispector, La imitación de la rosa
 
 
 
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Los seis meses

Siempre hablo de más porque creo que es bastante sencillo disculparme por lo que dije; arrepentirme, rectificar el error y esperar que la huella de la palabra se cubra con las otras mil, mucho más conscientes, que diré. En mi corta experiencia, lo dicho siempre encuentra redención.

Lo que nunca he podido hacer es disculparme por lo que no dije y por todo lo que se genera a partir de eso.

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Levar anclas (Pre)

 

Mientras el resto del mundo huye de la rutina tú la anhelas, la disfrutas, la procuras con una voluntad que raya en el vicio. No le temes, al contrario, la piensas tu aliada, tu cómplice, tu mejor amiga… Alguna vez te escuché decir que la repetición lleva a la perfección, y supongo que siempre has deseado la divinidad inalcanzable. Siempre te has soñado bella, pura, imposible: perfecta. Quizás por eso repites tus andares diarios, sigues tus huellas con precisión, te copias, te conviertes en fantasma de ti misma esperando esta vez lograrlo. ¿Lograr qué?

Entonces estableces pequeñas rutinas que te den seguridad, como siempre bañarte por las mañanas, como siempre correr la cortina de la recámara para que el sol me dé en la cara, como siempre cerrar la puerta del baño en cuanto te secas las piernas. Creas pequeños instantes que te embriagan de control, de un lejano poder que nunca te pertenece. Pero esos mínimos momentos no son suficientes, siempre te dejan deseando más y por eso te inscribes en las rutinas mayores: los compromisos. Así fue como te convertiste en esposa, madre, hermana, compañera, amiga, mujer; en todas menos tú. Te negaste para crear lazos, para construir muelles de los cuales amarrarte; armaste todo un puerto para mantenerte presa: siempre víctima, siempre única, siempre vital. Pues tú eres la razón de existir de estos embarcaderos. ¿Qué serían sin ti sino construcciones inútiles? Te aseguras de ser necesitada por otros porque así jamás desaparecerás. Por eso sigues aquí, ¿no es cierto?

 

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