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Procrastínam’esta

Hay quien se queja porque ya no escribo. Yo me quejo porque el mundo no me comprende. Escribo, todos los días, todo el día, hasta en fines de semana, hasta en la noche. Escribo, lo juro. De hecho, no hago otra cosa: mi teclado y yo somos uno mismo a estas alturas. El problema es que no escribo aquí, ni en ningún otro lugar que quiera presumir. No escribo para mí. No escribo para ti. No escribo para nadie, en realidad.

Aclaro que el propósito de esta publicación no es quejarme de todos aquellos que reclaman “ya no escribes” como si fueran dueños de tus palabras y de tu tiempo −ambas cosas están a la venta, por cierto; no es que me sobre dignidad, es que me faltan mejores postores−. Aclaro también que no pretendo escribir, porque estoy cansado y justo terminé de hacerlo hace quince minutos, aunque no fuera para mí, para ti o para nadie. Lo que sí haré es dejar una lista rápida de obstáculos, razones y pretextos, para ver si podemos ahorrarnos esta preguntita de ahora en adelante.

− ¿Por qué no escribes? −dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul.

− Chinga tu madre −respondo, porque poesía no eres tú− esto es lo que hago mientras no escribo:

  1. Trabajar.
  2. Trabajar.
  3. Trabajar un poco más.
  4. Pedirle a otros que trabajen.
  5. Esperar a que otros trabajen.
  6. Presionar a otros para que trabajen.
  7. Renegar porque otros no trabajan.
  8. Renegar porque trabajo demasiado.
  9. Comer (en el escritorio, trabajando).
  10. Explicarle a mis amigos y familiares por qué trabajo “tanto”.
  11. Pedirle a mis amigos y familiares que me mantengan.
  12. Contemplar la posibilidad de cambiar de amigos y familiares (que me mantengan).
  13. Contemplar la posibilidad de ser vagabundo.
  14. Contemplar la posibilidad de convertirme en asesino en serie.
  15. Dormir.
  16. No es cierto, me despertaron, porque debo trabajar.
  17. Ir al cine y revisar el celular constantemente por si me han hablado para trabajar.
  18. Pararme frente a la ventana y resistir la tentación de cantar como Yuri.
  19. Beber.
  20. Beber un poco más.
  21. Ahora sí, dormir.
  22. No, me desperté porque creo que cometí un error en el trabajo.
  23. Preparar mi carta de renuncia por si de verdad la cagué en el trabajo.
  24. Pulir mi carta de renuncia, hasta que quede más bonita que mi currículum.
  25. ¡Mi currículum! ¿Dónde guardé ese archivo? ¿Tengo que revisarlo de nuevo? ¿Y si mejor no renuncio?
  26. Lavar ropa (porque ya no tengo calzones limpios y uno no puede ir a la oficina al estilo comando).
  27. Olvidar pagar las tarjetas de crédito.
  28. Responder las llamadas de cobro de las tarjetas de crédito.
  29. Recordar que debes ir a hacer el súper. Nunca ir.
  30. Olvidar pagar el cable, el teléfono, la luz, el agua, ¡y el internet!
  31. Correr a pagar todo lo anterior porque ya me lo cortaron.
  32. Trabajar en medio de todo eso.
  33. Cancelar a última hora compromisos de mis amigos. Porque estoy trabajando.
  34. Pelearme con mis amigos.
  35. Abrir un libro.
  36. Quedarme dormido con el libro en la cara.
  37. Abrirlo un libro de nuevo.
  38. Cerrarlo porque me hablan del trabajo.
  39. Llorar en la regadera.
  40. Responder a las amenazas de muerte de mi vecino porque mi regadera tiene una fuga y su departamento tiene una gotera que ya arruinó el librero de su bisabuela.
  41. Explicarle a mi vecino que su librero estaba horrendo y que la gotera le hizo un favor −a él y a cualquier persona con ojos− al arruinarlo. Sugerirle que ruegue por más goteras, sobre todo en la sala porque ese sillón suyo…
  42. Huir de mi vecino.
  43. Llegar tarde a la oficina porque debo abrirle al plomero.
  44. Renegar porque el plomero nunca llega.
  45. Renegar porque el plomero dejó la casa hecha un asco.
  46. Decir que debo limpiar.
  47. No limpiar.
  48. Ok, estoy a punto de limpiar, pero me llamaron y debo…
  49. Trabajar.
  50. Aguantarme las ganas de asesinar cruel y lentamente a todo pendejo que me pregunta por qué ya no escribo.

¿Todo claro?

P.D. Por un mínimo de treinta mil pesos netos al mes puedo dedicarme a escribir sin mayor preocupación. Si a alguien le sigue apurando mucho este asunto, ya sabe cómo solucionarlo. Sean proactivos, por favor.

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La vida en dos (1)

Tengo una lista de cosas que me gusta hacer la noche antes de un día importante: cenar en mi restaurante favorito, maratón de películas en la cama, beber como loco irresponsable, una buena sesión de BDSM… Cosas perfectamente normales para relajarme e iniciar un nuevo capítulo de mi vida con el pie derecho oalgoasí. Entonces, ¿qué tenía planeado hacer la noche anterior a mi primer día en el nuevo trabajo? Todo menos esperar una grúa afuera de una cancha de fútbol rápido, con la batería del celular a punto de morir, porque a mi carro se le ocurrió poncharse por sexta vez en el año.

Mi estado emocional no me permite recordarlo del todo, pero seguro la conversación fue más o menos así:

– Papá, el pedazo de mierda que tengo por carro me volvió a dejar parado a las once de la noche. ¡Y en el sur de la ciudad!

– ¿Y ahora qué le hiciste?

– ¡¿Yo?! ¿Siempre tengo que ser el culpable? ¿Nunca puede ser la pésima calidad de las líneas de ensamblaje en Brasil? ¿Confías más en la mano de obra de un ebrio carnavalero desconocido que en las habilidades al volante de tu propia sangre?

– Eh… –suspiró buscando una respuesta que nunca llegó.

– Ya. Perfecto. No digas más. El carro quedó estacionado en X calle, entre la cancha del deporte proletario ese que jamás he entendido y el hotel que seguro ha sido escena del crimen más de una vez. Yo tomaré un taxi a mi casa, mañana paso a tu oficina a dejarte las llaves y tú te vas de luna de miel con el auto, a ver cuánto les dura el romance.

– A ver, tranquilo. ¿Y si le hablas a una grúa para que lo lleve a tu casa?

– ¿Y la espero por una hora o más? Mañana trabajo. Además, ¡estoy en el sur de la ciudad! Peor:¡en La Calma! Si paso más de media hora aquí, empezaré a escuchar a Pitbull, me compraré una mariconería Gucci de imitación y…

– Alberto, ¿le hablas a la grúa, por favor?

Cuando mi padre pide algo “por favor”, en realidad quiere decir “lo haces o quedas fuera del testamento”. Colgué temiendo por mi herencia, saqué el número de aseguradora y me dispuse a esperar “de 45 a 90 minutos” mientras veía pasar vidas ajenas. Menos que vidas en realidad; trayectos a lo mucho: El grupo de siete adolescentes que se contorsionan para caber en un TransAm 1998, la universitaria en su CR-V del año que pita y grita cuando un peatón intenta cruzar por la esquina, el oficinista en un Tsuru de noimportaelaño que se pregunta si será mejor ahorcarse o tomar arsénico mientras cambia la luz del semáforo, la madre soltera en un Jetta 2004 que voltea hacia la silla de su bebé cantando desesperada para que el engendro pare de llorar.

La madre, al frente de la fila de almas en pena, tarda cinco segundos en darse cuenta que la luz ha cambiado a verde. Eso es tiempo suficiente para justificar un arranque de cláxons y mentadas de madre hacia aquella despistada que se atrevió a alargar el dolor de sus colegas conductores. Ella, por supuesto, responde con un dedo al aire todas las demandas de sus atacantes. Como dije: trayectos, no vidas.

Tanta falta de civilización se veía hasta graciosa a la distancia, un mejor entretenimiento que los sureños jugando fútbol rápido. El problema vino cuando me di cuenta que, generalmente, yo también era parte de la histeria colectiva. Yo era el desempleado que renegaba en cada esquina cuando algún huérfano intentaba limpiarme el parabrisas, al que le dolía la cabeza siempre por el calor y la falta de aire acondicionado, el que, a pesar de no tener nada que hacer, siempre iba tarde y apurado. Yo también me contorsionaba, pitaba, gritaba, sacaba el dedo y ponderaba las mejores maneras para cometer suicidio en cada semáforo.

Y encima, se me ponchaban las llantas cada dos semanas. Sin mencionar los ruidos constantes del motor, el achaque del mes que siempre terminaba en el taller, las chapas que se abrían con un desarmador, las alarmas que se desactivaban con la misma facilidad, las vueltas infinitas para encontrar estacionamiento, los encantos de lidiar con los viene-viene, el remordimiento cada que veía una bicicleta y… ¿ya mencioné el calor sin aire acondicionado?

No vivía. No era feliz. Y, sinceramente, mi carro no era enteramente responsable de esta situación, pero tampoco ayudaba en nada a mejorarla. Sabía que abandonar el volante no sería la solución mágica a mis problemas, pero alguna ocurrencia sobre los nuevos comienzos y el dejar ir para que llegue más me cruzó por la cabeza y, como yo nunca aprendo a desconfiar de mis instintos, le hice caso.

Esperé a que llegara la grúa, le di direcciones para llegar a mi departamento y decidí que si el carrito era tan feliz ponchado, así se quedaría. Una llanta sin inflar, un chapa sin arreglar, un ruido en el motor sin explicación y un conductor sin ganas de lidiar más con los berrinches de una máquina. Ni vida, ni trayecto.

Cerca de la media noche, la grúa acomodó mi auto en su cochera. Éste permanecería ahí, sin moverse, por dos semanas enteras, hasta que mi padre me pidiera que “por favor” lo dejara cambiarle las llantas. Yo subí a mi departamento, guardé la llave del carro en un cajón y me dispuse a no saber de él jamás. Al día siguiente, caminé al trabajo y comencé a descubrir, como peatón, nuevas razones para renegar.

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Infiel

Sé que ésta no es la manera correcta de decírtelo pero no puedo afrontarte; si te viera cara a cara me vería en la penosa necesidad de rompértela de puro coraje. Así que decido que así será nuestra despedida. Hace ya mucho, mucho tiempo que he sentido algo dentro de mí, algo que no me ha contrariado y confundido en lo absoluto: ¡ya no te aguanto! Pero no te lo había dicho porque simplemente no tenía con quien sustituirte y en este tipo de relaciones siempre es mejor estar mal acompañado que solo.
La verdad es que te he cambiado por otro más joven que tú. Otro que (todavía) tiene todo en su lugar, al que (aún) no le tengo que estar apretando los tornillos, ni inflando los ánimos, ni aguantando su flacidez, ni recargándole las energías para que aguante mi paso. Otro que tiene una piel nueva y tersa, a diferencia de tu tez marcada, polvorienta y áspera que da asco mirar. Otro que ya no es una carga para mí, si no una ayuda y un apoyo como debe ser toda relación. Otro que entiende la suerte de tenerme y no me anda armando teatros con sus achaques semanales.

Afrontémoslo, tú y yo no éramos nada buenos juntos, yo soy demasiado egoísta como para donar mi tiempo y mis actividades a alguien más y tú… tú eres un dolor de muela interminable. Así que disculparás que te haya engañado y ahora botado sin más: pero sé que esto es lo mejor para los dos – bueno, lo mejor para mí que es lo que importa –

Él no es perfecto, es mucho más rudo y agreste que tú, hace falta amaestrarlo, pero esa energía juvenil me mantendrá entretenido y alegre mientras tu docilidad y tu pasivo-agresividad me hastiaban. Él también es mucho más pequeño en todos los sentidos, digamos que su palanca de cambios es de dimensiones más modestas que la tuya pero se mueve tan bien que olvido el tamaño, sin mencionar que todo en él es mucho más duro. Quizás sea mas terco y su estilo rústico seguramente me hará renegar de vez en cuando pero prefiero todas sus fallas presentes y futuras a pasar un día más contigo.

Francamente espero que encuentres a alguien más que sepa apreciarte por el pedazo de chatarra maricona e insufrible que eres. Estoy seguro que tendrás un par de galanes que te disfrutarán un tiempo y después te pasarán al siguiente hasta que acabes tus días siendo vendido por partes en algún barrio bajo del país.

Tú guarda todos los recuerdos lindos que tuvimos juntos que yo me quedaré con la vez que me dejaste varado en medio de la nada a la 1 de la mañana porque ya no tenías batería, o la ocasión en la que se te ponchó una llanta justo cuando tenía una importantísima junta de trabajo, o aquella vez que decidiste lanzar humo de tu cofre un domingo a media carretera, o las múltiples veces que decidías encender luces en tu tablero para volverme loco imaginándome qué te pasaría ahora. ¡Bastardo!

Hasta nunca.

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El hecho

No sé si recuerdes pero la primera vez que hablamos dije que no deberías tener miedo de arriesgar, equivocarte y cometer errores, que eran sólo “parte del viaje” Debo confesar que no siempre vivo lo que digo: aunque estoy dispuesto a errar en la escuela, en el trabajo y en básicamente todo en mi vida hay una parte de mí que sigo protegiendo de los riesgos y las caídas. Quiero resguardarme poniendo barreras de todo aquello que imagino peligroso, invento todos los discursos posibles para justificar racionalmente mi valla y fingir seguridad. Pero las barreras no previenen los peligros, las caídas y las heridas, sólo te mantienen encerrado, temeroso, incapaz de aprender de los errores que aún así cometerás.

Entonces quizá sea tiempo de comenzar a actuar y dejar de hablar, de poner las excusas atrás y arriesgar a pesar del miedo…

 

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Zoo/Antro

Vimos lo último que esperaríamos ver en una granja y entendimos por qué les llamaban cerdos:

Un tierno puerquito apunta hacia su plato de comida y empieza a orinar a chorros sobre él. Otro tierno puerquito – probablemente su hermanito – abre la boca y se para justo frente al chorro para beber con placer todos los desechos orgánicos de su compañerito.

La sesión porno en la granja no termina con la lluvia dorada. Una vez saciada su sed, el puerquito número dos se dirige hacia su ahora seco amiguito para darle un cálido, prolongado y cariñoso besito… en la cola.

La feliz y satisfecha parejita porcina termina su foreplay y se acerca a nosotros, el público visitante, para presentarse y probablemente ser felicitados por su presentación estelar. Nosotros sólo retrocedemos un poco riendo por su desfachatado exhibicionismo y nuestro disimulado voyeurismo. Nos marchamos a comer sin aplaudir por el espectáculo.

Y entonces se escucha la frase de alivio: Bueno, hay gente que hace lo mismo…

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Opaco

Te veo a lo lejos y te maldigo en silencio: el recelo. Intentaría huir pero es imposible no llegar adonde estás: el miedo. Cuando inevitablemente me detenga en tu esquina sé lo que pasará: …

Te acercarás con tu botellita llena de agua jabonosa más sucia que mi consciencia y tu set de trapos que parecen haber limpiado el baño de alguna cantina del centro y me ofrecerás tus servicios limpia-parabrisas. Intentarás venderte a toda costa, asumiendo (en falso) que porque manejo un carro cuento con más capital que tú – ¿no has oído hablar del aumento en los precios de la gasolina?, ¿no has notado que drogarte con ella te sale cada vez más caro? –

El problema es que ya sabes, se me ve en la cara, por más que pidas y ruegues y me digas que te lo pague a la otra te diré que no: ¡no puedes limpiar (ensuciar) mi vidrio! En parte porque no tengo ni un mísero peso que darte y en parte porque detesto que embarres mi vidrio con tus fluidos cuasi tóxicos, mi carro no ha sido lavado en dos meses, no necesita que lo ensucies más. Y lo más irritante es que te trepes a la llanta o al cofre para acabar tu labor demoniaca, como si mi pobre vehículo no tuviese suficiente choques, golpes, maltratos y rayones maliciosos; que tu limitada estatura no alcance para que te desarrolles en esta profesión tómalo como una señal de Dios, o de la selección natural de las especies y búscate un trabajo menos perverso como la prostitución infantil o la pornografía de enanos, pero no-te-trepes-en-mi-coche-criatura-de-Satanás.

¿Que no sea frívolo y cruel y comprenda tu situación? ¡Tú no seas ensimismada con complejo de víctima y comprende mí situación! Que tengo un día, una semana, un mes, una vida imposible y no tengo tiempo o energía para decirte no de mil y una maneras.

No insistas que seguiré diciendo que no y no y no, ¿estás sorda? ¿Necesitas que suba el vidrio y prenda mi limpiabrisas? ¿Qué debo hacer para que dejes de torturarme con tu vocecita de niña hambreada y tus ojitos de desfavorecida por el capitalismo? Ya vete por favor, no te dejaré limpiar mi vidrio: olvídalo, supéralo. Soy malo e inconsciente y cruel y frívolo y sangrón y todo lo que quieras; deséame todos los malos habidos y por haber, hazme vudú, calzón chino o lo que desees, haz lo que quieras pero vete: sólo vete.

Pero ya sabes lo que te diré, imaginas lo que pasará así que optas por no preguntar sólo llegas y sin dudar, con todo el descaro que un humano puede tener en sí avientas tus asquerosos líquidos en mi vidrio y comienzas a tallar.

– ¡No!

– ¿Ah no?

– No.

– Entonces límpialo tú… – Dices y te marchas dejando las aguas mortales que tiraste en mi parabrisas chorreando sobre él. Dices y me dejas entre la indignación y la risa, entre amarte por la actitud y desear que existiese la pena de muerte para condenarte. ¡Cerda engendro de Hitler! Me dejas sin saber qué hacer.

No imaginaba lo que pasaría: lo imprevisible pero inevitable: el karma.

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