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Probando, probando…

¿Recuerdan cómo se sentía salir de un examen, hablar con tus compañeros de clase y darte cuenta que contestaste todo mal? Bienvenidos al último año de mi vida.

Me sentía estancado. Fui a terapia y mi psicóloga mística –larga historia, para otro post– declaró que mi problema no era falta de movimiento: lo que yo necesitaba era rumbo. Porque parece que andar por andar no basta. Aquello del carpe diem es una farsa gigantesca y el destino es menos que una burla. Me recomendaron que dejara las distracciones a un lado, decidiera mis metas en la vida e hiciera todo de mi parte para conseguirlo. Me aseguraron que con eso todo saldría bien y yo, por supuesto, les creí.

Guardemos las tragedias para otra ocasión y vayamos directamente a mi recámara en cualquier día de abril a la una de la tarde. El piso está lleno de polvo, pero es difícil darse cuenta por todos los bultos de ropa, zapatos, sábanas y papeles que lo cubren. Lo peor de todo es el bulto más grande, el que está tirado sobre la cama en ropa interior, viendo repeticiones de Scrubs que ya se sabe de memoria y jugando Diamond Dash en una tablet prestada. El bulto le pone una pausa a sus ajetreado día para decidir qué ordenará de comer. Cuando no encuentra el menú de los sushis baratos, decide que prefiere pasar hambre a poner un pie fuera del departamento. Se dirige de vuelta a la cama y en un descuido escucha lo que lleva mucho tiempo queriendo ignorar:

– Ahora sí estás estancado, pendejo.

Me encantaría decir que todo cambió desde ese momento, pero el proceso ha sido más lento y, la verdad, no creo que haya terminado. Encuentro algo terriblemente atractivo en la auto-destrucción y a veces necesito ayuda recordando que todo esto no es sano. Fracasar no se siente del todo bien, pero es una nueva sensación y estoy algo fascinado con ella. Pero todo tiene un límite y, para mí, ese límite está en mi cuenta de banco. Vivir deprimido, frustrado y sin ganas de existir está muy bien, ¿pero hacerlo sin dinero? ¡Nunca!

Conseguí un trabajo que me vuelve loco, pero creo que me gusta –aunque la verdad es que desconfío de mis gustos–. Me enseñé a planchar camisas y me compré zapatos de adulto; después descubrí que ambas cosas eran completamente innecesarias en mi nueva carrera. Mi carro decidió dejarme parado con una llanta ponchada a las once de la noche por enésima vez y yo por fin me animé a abandonarlo. Ahora soy peatón, camino al trabajo diariamente y tomo taxi o camiones para todo lo demás. Mi compañía de seguros empezó a hacérmela de pedo y decidí ponerme a dieta. Cambié la pizza fría por espinacas y estoy en busca de lo que antes era impensable: un gimnasio. También decidí cambiar de shampoo, pagar mis tarjetas de crédito, ver menos basura en la televisión y volver a escribir seguido para sacar mis frustraciones de una manera más sana.

¿Y todo esto resultará? ¿No es sólo un ejercicio de auto-engaño? ¿Estoy listo para convivir con otros humanos por más de ocho horas al día? ¿Dejaré primero mi trabajo o mi dieta? ¿Qué haré con mi carro? ¿Podré renunciar a Toddlers & Tiaras? ¿En verdad escribiré? ¿Cuánto tiempo pasará antes del siguiente colapso nervioso? ¿No mataré a alguien en el proceso? ¡¿Un shampoo nuevo?! No sé, sigan leyendo para averiguarlo.

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