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La vida en dos (1)

Tengo una lista de cosas que me gusta hacer la noche antes de un día importante: cenar en mi restaurante favorito, maratón de películas en la cama, beber como loco irresponsable, una buena sesión de BDSM… Cosas perfectamente normales para relajarme e iniciar un nuevo capítulo de mi vida con el pie derecho oalgoasí. Entonces, ¿qué tenía planeado hacer la noche anterior a mi primer día en el nuevo trabajo? Todo menos esperar una grúa afuera de una cancha de fútbol rápido, con la batería del celular a punto de morir, porque a mi carro se le ocurrió poncharse por sexta vez en el año.

Mi estado emocional no me permite recordarlo del todo, pero seguro la conversación fue más o menos así:

– Papá, el pedazo de mierda que tengo por carro me volvió a dejar parado a las once de la noche. ¡Y en el sur de la ciudad!

– ¿Y ahora qué le hiciste?

– ¡¿Yo?! ¿Siempre tengo que ser el culpable? ¿Nunca puede ser la pésima calidad de las líneas de ensamblaje en Brasil? ¿Confías más en la mano de obra de un ebrio carnavalero desconocido que en las habilidades al volante de tu propia sangre?

– Eh… –suspiró buscando una respuesta que nunca llegó.

– Ya. Perfecto. No digas más. El carro quedó estacionado en X calle, entre la cancha del deporte proletario ese que jamás he entendido y el hotel que seguro ha sido escena del crimen más de una vez. Yo tomaré un taxi a mi casa, mañana paso a tu oficina a dejarte las llaves y tú te vas de luna de miel con el auto, a ver cuánto les dura el romance.

– A ver, tranquilo. ¿Y si le hablas a una grúa para que lo lleve a tu casa?

– ¿Y la espero por una hora o más? Mañana trabajo. Además, ¡estoy en el sur de la ciudad! Peor:¡en La Calma! Si paso más de media hora aquí, empezaré a escuchar a Pitbull, me compraré una mariconería Gucci de imitación y…

– Alberto, ¿le hablas a la grúa, por favor?

Cuando mi padre pide algo “por favor”, en realidad quiere decir “lo haces o quedas fuera del testamento”. Colgué temiendo por mi herencia, saqué el número de aseguradora y me dispuse a esperar “de 45 a 90 minutos” mientras veía pasar vidas ajenas. Menos que vidas en realidad; trayectos a lo mucho: El grupo de siete adolescentes que se contorsionan para caber en un TransAm 1998, la universitaria en su CR-V del año que pita y grita cuando un peatón intenta cruzar por la esquina, el oficinista en un Tsuru de noimportaelaño que se pregunta si será mejor ahorcarse o tomar arsénico mientras cambia la luz del semáforo, la madre soltera en un Jetta 2004 que voltea hacia la silla de su bebé cantando desesperada para que el engendro pare de llorar.

La madre, al frente de la fila de almas en pena, tarda cinco segundos en darse cuenta que la luz ha cambiado a verde. Eso es tiempo suficiente para justificar un arranque de cláxons y mentadas de madre hacia aquella despistada que se atrevió a alargar el dolor de sus colegas conductores. Ella, por supuesto, responde con un dedo al aire todas las demandas de sus atacantes. Como dije: trayectos, no vidas.

Tanta falta de civilización se veía hasta graciosa a la distancia, un mejor entretenimiento que los sureños jugando fútbol rápido. El problema vino cuando me di cuenta que, generalmente, yo también era parte de la histeria colectiva. Yo era el desempleado que renegaba en cada esquina cuando algún huérfano intentaba limpiarme el parabrisas, al que le dolía la cabeza siempre por el calor y la falta de aire acondicionado, el que, a pesar de no tener nada que hacer, siempre iba tarde y apurado. Yo también me contorsionaba, pitaba, gritaba, sacaba el dedo y ponderaba las mejores maneras para cometer suicidio en cada semáforo.

Y encima, se me ponchaban las llantas cada dos semanas. Sin mencionar los ruidos constantes del motor, el achaque del mes que siempre terminaba en el taller, las chapas que se abrían con un desarmador, las alarmas que se desactivaban con la misma facilidad, las vueltas infinitas para encontrar estacionamiento, los encantos de lidiar con los viene-viene, el remordimiento cada que veía una bicicleta y… ¿ya mencioné el calor sin aire acondicionado?

No vivía. No era feliz. Y, sinceramente, mi carro no era enteramente responsable de esta situación, pero tampoco ayudaba en nada a mejorarla. Sabía que abandonar el volante no sería la solución mágica a mis problemas, pero alguna ocurrencia sobre los nuevos comienzos y el dejar ir para que llegue más me cruzó por la cabeza y, como yo nunca aprendo a desconfiar de mis instintos, le hice caso.

Esperé a que llegara la grúa, le di direcciones para llegar a mi departamento y decidí que si el carrito era tan feliz ponchado, así se quedaría. Una llanta sin inflar, un chapa sin arreglar, un ruido en el motor sin explicación y un conductor sin ganas de lidiar más con los berrinches de una máquina. Ni vida, ni trayecto.

Cerca de la media noche, la grúa acomodó mi auto en su cochera. Éste permanecería ahí, sin moverse, por dos semanas enteras, hasta que mi padre me pidiera que “por favor” lo dejara cambiarle las llantas. Yo subí a mi departamento, guardé la llave del carro en un cajón y me dispuse a no saber de él jamás. Al día siguiente, caminé al trabajo y comencé a descubrir, como peatón, nuevas razones para renegar.

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Infiel

Sé que ésta no es la manera correcta de decírtelo pero no puedo afrontarte; si te viera cara a cara me vería en la penosa necesidad de rompértela de puro coraje. Así que decido que así será nuestra despedida. Hace ya mucho, mucho tiempo que he sentido algo dentro de mí, algo que no me ha contrariado y confundido en lo absoluto: ¡ya no te aguanto! Pero no te lo había dicho porque simplemente no tenía con quien sustituirte y en este tipo de relaciones siempre es mejor estar mal acompañado que solo.
La verdad es que te he cambiado por otro más joven que tú. Otro que (todavía) tiene todo en su lugar, al que (aún) no le tengo que estar apretando los tornillos, ni inflando los ánimos, ni aguantando su flacidez, ni recargándole las energías para que aguante mi paso. Otro que tiene una piel nueva y tersa, a diferencia de tu tez marcada, polvorienta y áspera que da asco mirar. Otro que ya no es una carga para mí, si no una ayuda y un apoyo como debe ser toda relación. Otro que entiende la suerte de tenerme y no me anda armando teatros con sus achaques semanales.

Afrontémoslo, tú y yo no éramos nada buenos juntos, yo soy demasiado egoísta como para donar mi tiempo y mis actividades a alguien más y tú… tú eres un dolor de muela interminable. Así que disculparás que te haya engañado y ahora botado sin más: pero sé que esto es lo mejor para los dos – bueno, lo mejor para mí que es lo que importa –

Él no es perfecto, es mucho más rudo y agreste que tú, hace falta amaestrarlo, pero esa energía juvenil me mantendrá entretenido y alegre mientras tu docilidad y tu pasivo-agresividad me hastiaban. Él también es mucho más pequeño en todos los sentidos, digamos que su palanca de cambios es de dimensiones más modestas que la tuya pero se mueve tan bien que olvido el tamaño, sin mencionar que todo en él es mucho más duro. Quizás sea mas terco y su estilo rústico seguramente me hará renegar de vez en cuando pero prefiero todas sus fallas presentes y futuras a pasar un día más contigo.

Francamente espero que encuentres a alguien más que sepa apreciarte por el pedazo de chatarra maricona e insufrible que eres. Estoy seguro que tendrás un par de galanes que te disfrutarán un tiempo y después te pasarán al siguiente hasta que acabes tus días siendo vendido por partes en algún barrio bajo del país.

Tú guarda todos los recuerdos lindos que tuvimos juntos que yo me quedaré con la vez que me dejaste varado en medio de la nada a la 1 de la mañana porque ya no tenías batería, o la ocasión en la que se te ponchó una llanta justo cuando tenía una importantísima junta de trabajo, o aquella vez que decidiste lanzar humo de tu cofre un domingo a media carretera, o las múltiples veces que decidías encender luces en tu tablero para volverme loco imaginándome qué te pasaría ahora. ¡Bastardo!

Hasta nunca.

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