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Procrastínam’esta

Hay quien se queja porque ya no escribo. Yo me quejo porque el mundo no me comprende. Escribo, todos los días, todo el día, hasta en fines de semana, hasta en la noche. Escribo, lo juro. De hecho, no hago otra cosa: mi teclado y yo somos uno mismo a estas alturas. El problema es que no escribo aquí, ni en ningún otro lugar que quiera presumir. No escribo para mí. No escribo para ti. No escribo para nadie, en realidad.

Aclaro que el propósito de esta publicación no es quejarme de todos aquellos que reclaman “ya no escribes” como si fueran dueños de tus palabras y de tu tiempo −ambas cosas están a la venta, por cierto; no es que me sobre dignidad, es que me faltan mejores postores−. Aclaro también que no pretendo escribir, porque estoy cansado y justo terminé de hacerlo hace quince minutos, aunque no fuera para mí, para ti o para nadie. Lo que sí haré es dejar una lista rápida de obstáculos, razones y pretextos, para ver si podemos ahorrarnos esta preguntita de ahora en adelante.

− ¿Por qué no escribes? −dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul.

− Chinga tu madre −respondo, porque poesía no eres tú− esto es lo que hago mientras no escribo:

  1. Trabajar.
  2. Trabajar.
  3. Trabajar un poco más.
  4. Pedirle a otros que trabajen.
  5. Esperar a que otros trabajen.
  6. Presionar a otros para que trabajen.
  7. Renegar porque otros no trabajan.
  8. Renegar porque trabajo demasiado.
  9. Comer (en el escritorio, trabajando).
  10. Explicarle a mis amigos y familiares por qué trabajo “tanto”.
  11. Pedirle a mis amigos y familiares que me mantengan.
  12. Contemplar la posibilidad de cambiar de amigos y familiares (que me mantengan).
  13. Contemplar la posibilidad de ser vagabundo.
  14. Contemplar la posibilidad de convertirme en asesino en serie.
  15. Dormir.
  16. No es cierto, me despertaron, porque debo trabajar.
  17. Ir al cine y revisar el celular constantemente por si me han hablado para trabajar.
  18. Pararme frente a la ventana y resistir la tentación de cantar como Yuri.
  19. Beber.
  20. Beber un poco más.
  21. Ahora sí, dormir.
  22. No, me desperté porque creo que cometí un error en el trabajo.
  23. Preparar mi carta de renuncia por si de verdad la cagué en el trabajo.
  24. Pulir mi carta de renuncia, hasta que quede más bonita que mi currículum.
  25. ¡Mi currículum! ¿Dónde guardé ese archivo? ¿Tengo que revisarlo de nuevo? ¿Y si mejor no renuncio?
  26. Lavar ropa (porque ya no tengo calzones limpios y uno no puede ir a la oficina al estilo comando).
  27. Olvidar pagar las tarjetas de crédito.
  28. Responder las llamadas de cobro de las tarjetas de crédito.
  29. Recordar que debes ir a hacer el súper. Nunca ir.
  30. Olvidar pagar el cable, el teléfono, la luz, el agua, ¡y el internet!
  31. Correr a pagar todo lo anterior porque ya me lo cortaron.
  32. Trabajar en medio de todo eso.
  33. Cancelar a última hora compromisos de mis amigos. Porque estoy trabajando.
  34. Pelearme con mis amigos.
  35. Abrir un libro.
  36. Quedarme dormido con el libro en la cara.
  37. Abrirlo un libro de nuevo.
  38. Cerrarlo porque me hablan del trabajo.
  39. Llorar en la regadera.
  40. Responder a las amenazas de muerte de mi vecino porque mi regadera tiene una fuga y su departamento tiene una gotera que ya arruinó el librero de su bisabuela.
  41. Explicarle a mi vecino que su librero estaba horrendo y que la gotera le hizo un favor −a él y a cualquier persona con ojos− al arruinarlo. Sugerirle que ruegue por más goteras, sobre todo en la sala porque ese sillón suyo…
  42. Huir de mi vecino.
  43. Llegar tarde a la oficina porque debo abrirle al plomero.
  44. Renegar porque el plomero nunca llega.
  45. Renegar porque el plomero dejó la casa hecha un asco.
  46. Decir que debo limpiar.
  47. No limpiar.
  48. Ok, estoy a punto de limpiar, pero me llamaron y debo…
  49. Trabajar.
  50. Aguantarme las ganas de asesinar cruel y lentamente a todo pendejo que me pregunta por qué ya no escribo.

¿Todo claro?

P.D. Por un mínimo de treinta mil pesos netos al mes puedo dedicarme a escribir sin mayor preocupación. Si a alguien le sigue apurando mucho este asunto, ya sabe cómo solucionarlo. Sean proactivos, por favor.

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La vida en dos (1)

Tengo una lista de cosas que me gusta hacer la noche antes de un día importante: cenar en mi restaurante favorito, maratón de películas en la cama, beber como loco irresponsable, una buena sesión de BDSM… Cosas perfectamente normales para relajarme e iniciar un nuevo capítulo de mi vida con el pie derecho oalgoasí. Entonces, ¿qué tenía planeado hacer la noche anterior a mi primer día en el nuevo trabajo? Todo menos esperar una grúa afuera de una cancha de fútbol rápido, con la batería del celular a punto de morir, porque a mi carro se le ocurrió poncharse por sexta vez en el año.

Mi estado emocional no me permite recordarlo del todo, pero seguro la conversación fue más o menos así:

– Papá, el pedazo de mierda que tengo por carro me volvió a dejar parado a las once de la noche. ¡Y en el sur de la ciudad!

– ¿Y ahora qué le hiciste?

– ¡¿Yo?! ¿Siempre tengo que ser el culpable? ¿Nunca puede ser la pésima calidad de las líneas de ensamblaje en Brasil? ¿Confías más en la mano de obra de un ebrio carnavalero desconocido que en las habilidades al volante de tu propia sangre?

– Eh… –suspiró buscando una respuesta que nunca llegó.

– Ya. Perfecto. No digas más. El carro quedó estacionado en X calle, entre la cancha del deporte proletario ese que jamás he entendido y el hotel que seguro ha sido escena del crimen más de una vez. Yo tomaré un taxi a mi casa, mañana paso a tu oficina a dejarte las llaves y tú te vas de luna de miel con el auto, a ver cuánto les dura el romance.

– A ver, tranquilo. ¿Y si le hablas a una grúa para que lo lleve a tu casa?

– ¿Y la espero por una hora o más? Mañana trabajo. Además, ¡estoy en el sur de la ciudad! Peor:¡en La Calma! Si paso más de media hora aquí, empezaré a escuchar a Pitbull, me compraré una mariconería Gucci de imitación y…

– Alberto, ¿le hablas a la grúa, por favor?

Cuando mi padre pide algo “por favor”, en realidad quiere decir “lo haces o quedas fuera del testamento”. Colgué temiendo por mi herencia, saqué el número de aseguradora y me dispuse a esperar “de 45 a 90 minutos” mientras veía pasar vidas ajenas. Menos que vidas en realidad; trayectos a lo mucho: El grupo de siete adolescentes que se contorsionan para caber en un TransAm 1998, la universitaria en su CR-V del año que pita y grita cuando un peatón intenta cruzar por la esquina, el oficinista en un Tsuru de noimportaelaño que se pregunta si será mejor ahorcarse o tomar arsénico mientras cambia la luz del semáforo, la madre soltera en un Jetta 2004 que voltea hacia la silla de su bebé cantando desesperada para que el engendro pare de llorar.

La madre, al frente de la fila de almas en pena, tarda cinco segundos en darse cuenta que la luz ha cambiado a verde. Eso es tiempo suficiente para justificar un arranque de cláxons y mentadas de madre hacia aquella despistada que se atrevió a alargar el dolor de sus colegas conductores. Ella, por supuesto, responde con un dedo al aire todas las demandas de sus atacantes. Como dije: trayectos, no vidas.

Tanta falta de civilización se veía hasta graciosa a la distancia, un mejor entretenimiento que los sureños jugando fútbol rápido. El problema vino cuando me di cuenta que, generalmente, yo también era parte de la histeria colectiva. Yo era el desempleado que renegaba en cada esquina cuando algún huérfano intentaba limpiarme el parabrisas, al que le dolía la cabeza siempre por el calor y la falta de aire acondicionado, el que, a pesar de no tener nada que hacer, siempre iba tarde y apurado. Yo también me contorsionaba, pitaba, gritaba, sacaba el dedo y ponderaba las mejores maneras para cometer suicidio en cada semáforo.

Y encima, se me ponchaban las llantas cada dos semanas. Sin mencionar los ruidos constantes del motor, el achaque del mes que siempre terminaba en el taller, las chapas que se abrían con un desarmador, las alarmas que se desactivaban con la misma facilidad, las vueltas infinitas para encontrar estacionamiento, los encantos de lidiar con los viene-viene, el remordimiento cada que veía una bicicleta y… ¿ya mencioné el calor sin aire acondicionado?

No vivía. No era feliz. Y, sinceramente, mi carro no era enteramente responsable de esta situación, pero tampoco ayudaba en nada a mejorarla. Sabía que abandonar el volante no sería la solución mágica a mis problemas, pero alguna ocurrencia sobre los nuevos comienzos y el dejar ir para que llegue más me cruzó por la cabeza y, como yo nunca aprendo a desconfiar de mis instintos, le hice caso.

Esperé a que llegara la grúa, le di direcciones para llegar a mi departamento y decidí que si el carrito era tan feliz ponchado, así se quedaría. Una llanta sin inflar, un chapa sin arreglar, un ruido en el motor sin explicación y un conductor sin ganas de lidiar más con los berrinches de una máquina. Ni vida, ni trayecto.

Cerca de la media noche, la grúa acomodó mi auto en su cochera. Éste permanecería ahí, sin moverse, por dos semanas enteras, hasta que mi padre me pidiera que “por favor” lo dejara cambiarle las llantas. Yo subí a mi departamento, guardé la llave del carro en un cajón y me dispuse a no saber de él jamás. Al día siguiente, caminé al trabajo y comencé a descubrir, como peatón, nuevas razones para renegar.

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Confesiones de un (ex)heredero IV: Nuevo pobre

La cifra que muestras es bella, inútil, trágica y profundamente inquietante: poética en resumen, asquerosamente poética.
 
– Tres pesos con dos centavos.
 
Guardo el comprobante que imprimiste velozmente porque no quiero que nadie lo vea y sepa. En realidad nadie puede verlo y saber, sólo yo, pero esto es algo que ni yo quiero ver y saber. Escupes mi tarjeta altaneramente, como burlándote de mi situación, entonces entiendo qué es lo que sucede. ¡Esto es una broma! Tus circuitos se cruzaron y andas jugando conmigo porque es viernes, viernes por la noche, viernes de quincena y te has aburrido de que todos vengan a manosearte y pedirte dinero. Está bien, te admitiré tu malintencionada burla, pero volveré a meter la tarjeta y ahora sí mostrarás mi saldo real, ¿va?
 
– Tres pesos con dos centavos.
 
¡Nonono! No imprimas ese comprobante de nuevo. ¡No quiero verlo! Quita esa cifra asquerosa de la pantalla que hay gente haciendo fila y se pueden dar cuenta. Es que no, esto no puede ser cierto. Esto no puede estar pasando. ¿Qué hago? ¡¿Qué hago?! Ya sé, fingiré que me has dado dinero, pretenderé guardarlo en la cartera, quitaré mi cara de sorpresa, saldré y caminaré con toda la calma del mundo al cajero que está doblando la esquina: él sí me dará mi saldo verdadero.
 
– Tres pesos con dos centavos.
 
Repito: esto no es posible. Había escuchado rumores de intrigas laborales, traiciones y despidos masivos pero jamás pensé que yo sería una de las víctimas de este juego. Me sacaron de nómina. Me des-pi-die-ron sin aviso alguno. Me dejaron en la calle sin darme la oportunidad de despedirme. ¿Por qué nadie me avisó? ¿No se supone que existe un departamento de Recursos Humanos responsable de notificarme cuando mis intereses y los de la empresa dejan de ser los mismos? ¿No se supone que debo firmar algo, recibir unos cheques a cambio y empezar a buscar trabajo con la seguridad de un apoyo llamado liquidación? ¿No existe una ley de trabajo que me proteja contra estas violaciones? Ah, olvido a veces en qué país vivo…
 
No sé qué voy a hacer. Tengo tres pesos con dos centavos en el banco y cinco pesos en la cartera. Tengo deudas y pagos que hacer a la tarjeta de crédito. Tengo fiestas y eventos sociales importantísimos. Tengo una graduación a la que asistir – ¡la mía! – en diciembre. Tengo compromisos innegables. Tengo un estilo de vida que mantener. Tengo que comprar la quinta temporada de House y Grey’s Anatomy. Tengo… ¡nada! De haber sabido que ya desempleado no habría gastado mis últimos trescientos pesos en gasolina, de cualquier manera no he de moverme a ninguna parte ya. Habría invertido ese dinero en algo mucho más importante y vital para sobrevivir esta situación: ¡alcohol! Pero no. No tengo dinero ni para emborracharme y negar mi recién descubierta pobreza. Ser despedido es una cosa, pero que se me niegue el derecho a comprar de menos una cerveza es completa crueldad.
 
Cuando me volteó dispuesto a salir del cajero maligno puedo ver mi reflejo en la puerta de éste y en mi mente repito una frase de Xavier Velasco que en algún momento me pareció lejana y graciosa:
 
– Qué asco: un nuevo pobre.
 
Y sí, me doy asco. Ser nuevo rico es un pecado de mal gusto que debería ser penado con cárcel, pero ser nuevo pobre es un asunto de salubridad y debe ser penado con la muerte. Es que la pobreza invade, penetra, se expande, pudre y apesta a todo aquello que toca. Nadie quiere acercarse a ella, nadie quiere tocarla o convivir con ella. La pobreza es la peor de las pestes. Y yo prefiero morir a ser pobre, nuevo pobre.
 
Me niego a vender mis libros, mis discos, mis películas, mis series, mi carro, mi computadora, mi iPod, mi teléfono y todas aquellas pertenencias mías que le gritaban a los demás “vivo mejor que tú”. Me niego a mudarme a una casa del INFONAVIT o rentar un departamente en El Sauz. No quiero empezar a comprar mi ropa en Soriana, o peor aún, ¡en Medrano! No quiero tener que trabajar en Chili’s y depender de las propinas para pagar la renta y comer atún enlatado con sopa de pasta todos los días. ¡No!
 
Esto es el fin. Adiós al chai del Black Coffee por las mañanas. Adiós a los vodka tonics. Adiós a las fiestas legendarias. Adiós a comer y cenar fuera de casa. Adiós a mi colección de zapatos. Adiós a esa chamarra que vi el otro día en Hugo Boss. Adiós a los cortes de cabello de 200 pesos. Adiós a las visitas semanales a Mixup. Adiós a Blockbuster. Adiós a moverme en automovil por la ciudad. Adiós a las compras navideñas. Adiós a todos los lujos. Adiós a toda mi vida. Y adiós, seguramente, a todos mis amigos que seguramente dejarán de llamarme o voltearán la mirada y se cambiarán de acera cuando me vean por la calle. Bueno, no. Mis amigos no me dejarán, pero sólo porque ellos son más pobre que yo… ¡No! ¡¡Tendré que vivir como lo hacen mis amigos!!
 
En el poco tiempo que llevo adentro de este cajero he planeado mi suicidio, pero no puedo llevarlo a cabo. En este mundo capitalista hasta para morir se requiere dinero: no puedo comprar una pistola, ni pastillas para dormir, no pienso cortarme las venas y me aventaría del décimo piso de algún edificio pero para mi suerte no moriré y terminaré con una pila de deudas al hospital… Si alguno de ustedes, mientras maneja felizmente por la ciudad, me ve caminando por la calle atropélleme por favor; en verdad sería un acto piadoso. Sólo intenten no hacerlo por en frente, para que no pueda verme reflejado en su parabrisas, no quiero morir suspirando aquella frase:
 
– Qué asco: un nuevo pobre.
 
 
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Confesiones de un (ex)heredero III: De 9 a 5

Debe sentirse bien tener tanto poder sobre los demás, ¿no? Debes sentir un tremendo placer al saber que en ti está mi futuro laboral. Seguro te revuelcas de risa al causar mi desgracia y destruir mis nervios. Y lo entiendo, creeme que lo entiendo: un objeto tan triste, plano y desechable como tú debe encontrar un poco de felicidad en su trágico y corto trayecto de la oficina al basurero, pero, ¿debes divertirte a mis expensas?
¿Por qué conmigo? Yo soy una persona relativamente buena que no le hace daño a nadie. Va, lo admito, no soy bueno para nada, pero en esta improvisación de oficina hay quienes son mucho peores que yo. Seguramente alguno de ellos te ha usado por horas sin permitirte descanso o te ha dejado encendida toda la noche, o te ha golpeado más de una vez para desquitar su coraje o seguramente algún pervertido que te utilizó para inmortalizar su trasero. En cambio yo, jamás te había molestado y nunca te había pedido algo hasta el día de hoy. Es más, hasta hace cinco minutos ni siquiera sabía de tu existencia y si no fuera porque me encomendaron esta tarea propia de una secretaria seguiría sin conocerte o meterme en tu camino.

¿Será por eso? ¿Te habías sentido ignorada por mí? ¿Crees que no valoro y reconozco tu importante labor en este lugar? Perdona si nunca lo demostré pero al contrario, creo que eres el motor que impulsa y mantiene unido y funcional a este desequilibrado equipo de trabajo. Después de todo, ¿qué haríamos nosotros si no pudiésemos sacar fotocopias de todo lo que tenemos enfrente? Yo, por ejemplo, puedo recordar miles de situaciones en las que una fotocopiadora me salvó la vida. Bueno, no, no recuerdo ninguna pero el punto es que quiero, aprecio y respeto a tu especie.

Quizás estés cansada, debes llevar todo el día en este ajetreo. Toma una pequeña siesta, te apagaré y vuelvo en quince minutos.

Bien, he vuelto. ¿Lista para trabajar? Vamos, son sólo cinco copias y después te dejo en paz. Es más, prometo abogar para que te rellenen los cartuchos o te limpien los circuitos o algo así, ¡todo un tratamiento de spa para una trabajadora tan destacada como tú!

Empecemos, es sólo una hojita, vamos, vamos, muy bien, eso, ya casi, ya ca…

¡Perra cínica! ¿Error? ¡¿Eroor?! ¡Error el que tu puta madre cometió al parirte! Que no te parió tal cual; mejor dicho te ensambló y por lo visto lo hizo muy perezosamente, ¡¿qué más se podría esperar de HP?! Sabes, he sido muy amable y paciente, he intentado razonar con tus dañados circuitos e incluso negocié contigo. ¿Sabes quién de los infelices de esta oficina puede decir que me he rebajado a negociar con ellos? ¡Nadie! Sólo tú, intento de robot malagradecido.

Me cansé de ser agradable, la cosa aquí es muy simple: soy mucho más grande y fuerte que tú, puedo aventarte por una de las ventanas y adelantar el fin de tu existencia. Después, puedo quemarte para asegurarme que ninguna de tus miserables piezas sea usada por otro ser humano. ¿Quieres eso? Imagino que no, así que muévete.

¿Ves? Tan sencillo que era todo, pero me tenías que hacer enojar, parece que te gusta que te traten mal. Va, ya casi terminas la primera hoja; quizás no seas tan mala como pensa…

¡Cerda! ¡Cerda! ¡Cerda! ¡Mil veces cerda! ¿Tienes idea de cómo me haces quedar frente a toda esta gente? Estás reforzando la falsísima idea de que soy un niño supuestamente creativo mimado, vago, sobrevalorado, (sobrepagado) y con complejos de superioridad que no puede ni sacar una copia. ¡Yo tan dedicado trabajador y tú que deseas arruinar mi reputación! Ok, no soy nada dedicado en el trabajo, que conteste mi celular a la octava llamada perdida del jefe es considerado una ganancia y técnicamente no me importa si estás arruinando mi reputación. Nunca me ha interesado la opinión que guarden de mí los iletrados y las de axilas peludas.

El caso aquí es mi ego, ¡mi ego! Creo que no lo sabes pero el ego humano, y sobre todo el masculino, es algo muy, muy frágil. Debemos sentirnos capaces de todo y hábiles en todo, nuestro instinto de competencia es insuprimible y no nos permite estar por debajo de ninguna situación: debemos ganar en todo porque somos machos, ¡sí! O en mi caso, ¡no es posible que teniendo un coeficiente intelectual de 140 no pueda sacar una mísera fotocopia!

Entonces he llegado a una conclusión a la que frecuentemente llego: no soy yo, eres tú. Si soy perfectamente capaz de escribir brillantes discursos diciendo noséqué en menos de dos horas obviamente puedo sacar copias a cinco credenciales de elector y discutir sobre el calentamiento global al mismo tiempo. No estás fallando por maldad o porque me odies y seas parte de un complot internacional de los aparatos electrónicos contra mí. Estás fallando porque ya estás vieja y dejaste de servir. ¡Qué cosa más triste! Me había encariñado contigo, ahora tendré que tirarte yo mismo a la basura. Creeme que serás recordada con cariño y extrañada pro toda la eternidad, o hasta mañana cuando alguien vaya a Office Depot a recoger tu repuesto.

¿Qué dices? ¿Que no estás mal? ¿Que todavía sirves? No, no, estás divagando en tu lecho de muerte, es muy típico. y trágico ¿Insistes que no es cierto? Yo insisto que sí y es tu palabra contra la mía y hasta donde sé no tienes palabra así que, ¡estás jodida! Ya me voy, con la otra copiadora, la que sí está sana, joven, firme y puede hacer su trabajo bien. ¡Hasta nunca! Te extrañaré.

– Esta cosa ya murió, sería bueno deshacerse de ella. ¿En dónde está la otra máquina?

– No tenemos otra y esa sí sirve, yo la usé hace media hora.

 

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Confesiones de un (ex)heredero II: Yo suplico

Querido señor jefe:

Me dirijo a usted en esta carta principalmente para saludarle y desearle lo mejor en estas épocas patrias. Y ya que estamos invirtiendo tinta en el asunto aprovecharé para expresar mi profundísima y angustiante situación: no tengo sueldo.

Supongo que usted imagina la gravedad de tal circunstancia y comprenderá mi sufrimiento. Pues es cierto, no tengo que pagar renta, colegiaturas, agua, luz, teléfono, internet, cable, hipotecas, comidas y ortodoncias. Es verdad, no estoy casado ni tengo hijos y el único ser vivo bajo mi tutela es un pez betta viejo, ciego y con sólo una aleta funcional. No negaré que mis padres corren con mis gastos corrientes y soy lo que comunmente se conoce como un mantenido que sólo usará su sueldo para comprar chicles, películas, zapatos, libros y cualquier parafernalia inútil que me coloquen frente a una caja de cobro. Todo es cierto, técnicamente mi salario irá directamente a alimentar mis deseos y caprichos, mi dinero no tendrá otro propósito que consumir desconsideradamente: convertirme en un inconsciente cerdo capitalista que valida el imperialismo, que empuja la mano opresora sobre las clases bajas, que se convierte en parte de una masa inconsciente e inerte que toma Starbucks, calza Nike, viste Abercrombie, ve Grey’s Anatomy y se olvida de su propósito y mortalidad… todo es verdad, pero aún así, merezco mi sueldo.

Y lo merezco tanto como el padre de familia que nunca conoció al condón y ahora tiene 7 hijos, como la madre soltera de 15 años que no sabe ni cómo cambiar un pañal, como el 70% de los universitarios graduados que no pueden encontrar empleo en su área, como el anciano jubilado que debe pagar las cuentas de hospital de su esposa con cáncer terminal, como el ex militar estadounidense con síndrome de la Guerra del Golfo que ahora vive en las calles, como el campesino que tuvo que venir a la ciudad en busca de mejores oportunidades, como el mendigo que fue abogado hasta la crisis del 94. Lo merezco tanto como ellos porque yo, en mi relativa pobreza también sufro.

Sufro cuando en un restaurante japonés tengo que pedir un simple yakimeshi y una sopa miso en lugar de alguna exclusiva variedad de sushi envuelta en pescado crudo. Sufro cuando voy al antro y tengo que conformarme con una cerveza en lugar de un vodka tonic o algún exótico martini. Sufro cuando me veo obligado a dejar los Vans de mis sueños en la tienda, pues aún no tengo dinero suficiente para comprarlos. Sufro cuando entro a Mixup y veo todos esos DVD’s gritándome desde el estante que me los lleve a casa. Sufro cuando no puedo comprar la edición especial comentada de Corazón tan blanco de Javier Marías y tengo que preguntar por las ediciones debolsillo!. Sufro cuando tengo que contar cambio en frente de una cajera para pagar por mi Coca Zero de lata. Y sufro cuando es 16 de septiembre y yo no tengo dinero suficiente para irme al DF a celebrar el grito.

Y no permitiré que se me tache de banal, superfluo, nimio y trivial. No toleraré que se me llame niño mimado que no conoce verdaderamente el sufrimiento o la necesidad, porque, ¿quién es autoridad para calificar el dolor ajeno? ¿Con qué derecho me habrían de decir cuáles cosas merecen ser lloradas y cuáles no? ¿Por qué he de obedecer reglas y conceptos morales de lo que supuestamente es el sufrimiento? ¿Qué no es cierto que, como dijo Veronica Castro, Los ricos también lloran? ¿Sólo porque tengo un techo, educación y comida diaria no es políticamente correcto que me queje? ¡No! No permitiré que se me discrimine y se me prive de mi libertad de queja; defenderé mi derecho de renegar por mis carencias. Si los emos sufren, ¡porqué yo no!

Entonces, regreso al propósito inicial de esta correspondencia: por favor, ¡ya págueme! Que tengo derecho a ser egoísta, inconsciente y consumista; es uno de los beneficios de esta supuesta democracia en la que vivimos y no permitiré que se me restrinja. Por lo que más quiera en este injusto universo, ya firme mi contrato y apruebe mi nómina, porque he dejado apartados un par de tenis en Zara que necesitan estar conmigo y porque me urge comprar el nuevo iPod para meterlo a lavadora como al anterior. Me hincaré si así lo desea, me convertiré a su religión y hasta a su partido político: mis convicciones y creencias, como las de todos el mundo están a la venta, sólo apruebe mi pago.

Acepto efectivo, CETES, petrobonos, acciones en Telmex, cheques de viajero, cuentas en las caimanes, dotaciones de Peter Piper, cupones de descuento, dinero de American Express y vales de despensa (con que no sean de Soriana). ¿Ve? No soy nada especial, sólo necesito saber que me pagará en algún momento de mi vida. Y si ya no queda otra, dígame y encuentro una viuda con quién casarme para ahora sí poder decirle que mis hijos tienen hambre.

Me despido y espero tener una pronta respuesta reflejada en mi cuenta bancaria. Muchas gracias por su tiempo y suerte en los proyectos del día.

Atenta, pero pobremente.
AVL.

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